
EL ESPIRITU CARMELITANO Y LA HERMANA CRISTINA EN LA MISERICORDIA
Es imposible comprender la vida y la espiritualidad de la Hermana María Cristina si la separamos de su raíz más honda, es decir, el carisma teresiano. Todo cuanto ella es, vive, dice y hace, encuentra su fundamento en la doctrina y la experiencia vivida y comunicada por Santa Teresa; un carisma que ella decide vivir plenamente desde su entrada en el monasterio de la Sagrada Familia de Ogíjares (Granada) un 24 de enero de 1921. María Cristina es, ante todo, carmelita descalza, hija de Santa Teresa: esa es la fuente de la que brota toda su riqueza, su espiritualidad; el manantial que embellece y engrandece su encanto humano y lo transforma en sobrenatural.
Llegada al Carmelo
Muchas son las circunstancias que influyen en la elección de una vocación concreta en la iglesia. María Cristina, consciente de sus dificultades físicas y humanas -se definía a sí misma como «pobre, ruda y enferma»-, de entre todas las vocaciones posibles elige consagrarse al Señor en la familia de la Virgen del Carmen, en la familia fundada por Santa Teresa. Es evidente que son las propias monjas su fuente principal para conocer el modo de vivir teresiano, el estilo de oración, recreación y mortificación (cfr. Libro de las Fundaciones de Santa Teresa) que traen entre sí las carmelitas descalzas, en fidelidad al carisma recibido de la Santa Madre Teresa; se cumple así, en ella, lo que siglos antes había dicho Fray Luis de León y es que, para conocer a la Santa, basta acercarse a sus obras o a sus hijas, pues ambas son palabra viva y presencia intensa de teresa en cada época.
Asimilando un carisma
En la comunidad, a través de las diversas etapas de formación, la Hermana Cristina se va empapando del carisma teresiano, no solo de un modo intelectual, especulativo o simplemente racional, sino, sobre todo, vital, experiencial. De ese modo, llega al día de su profesión, algunos días después de cumplirse un año de su toma de hábito. Si entonces, un 15 de agosto de 1921, había escogido para sí el apellido «de Jesús Sacramentado», el 20 de agosto del 22, al hacer su profesión, afirmará: «ya soy tu esposa, oh, bien mío ¿Quién más feliz que yo?». Tanto la elección de su nombre religioso como el testimonio escrito el día de su profesión, dan fe del grado de asimilación y comprensión del carisma de Santa Teresa por parte de la Hermana Cristina. La carmelita descalza, hija de tal madre, vive como ella, intensa mente, la presencia de Cristo en su vida. Jesús es el Maestro, el Señor, al que contemplar -Sobre todo cuando se hace presente en el sacramento de la eucaristía y permanece en el Sagrario, escuchar y obedecer, conformando la propia voluntad con la suya, no por simple espíritu de obediencia, sino por amor. Porque el Amor de los Amores, llama a la carmelita a una vida enamorada, a una vida de esposa, como señala repetidas veces Santa Teresa -basta asomarse al camino de Perfección- y ha comprendido perfectamente la Hermana María Cristina, sabiéndose por su profesión esposa de Cristo, ya para siempre, a Él unida por amor fiel y constante.
Del periodo de formación -bien que ya vinieran impresas en su naturaleza y en su historia familiar- le quedan grabadas algunas características muy teresianas: en primer lugar, el amor y devoción a la Santísima Virgen; además, como Santa Teresa, la Hermana María Cristina se distinguirá por algunas virtudes particulares: el agradecimiento; la capacidad de trabajo sin menoscabo de la con fianza en Dios; la humildad y el deseo de servir a todas; la fuerza de voluntad para no detenerse ante el dolor, la enfermedad o cualquier otro tipo de adversidad, etc.
Unida al Cristo sufriente
«Solo os pido que le miréis», dice Santa Teresa a sus monjas en el camino de Perfección. La carmelita descalza que contempla a cristo descubre en Él a un esposo fiel, a un leal compañero de camino, a un amigo que sostiene y ampara siempre, en cualquier situación. A la vista de tal Señor, Teresa invita a sus hijas a compartir con él sufrimientos y alegrías, a imitarlo cuando sube a la cruz, no solo a buscar consuelos. A este respecto, María Cristina será fidelísima hija de Santa teresa. Bellísima y síntesis de todo su recorrido vital, esta frase que encontramos en una nota autógrafa: «cruz preciosa, desconocida para el mundo, pero para el que ama al crucificado es Faro que alumbra la barquichuela de su vida». Sentencia que expresa de modo pleno y claro la comunión de la Hermana Cristina con la experiencia de la Santa Madre Teresa, que había afirmado que la cruz es el camino para el cielo, en la que encontramos la vida y el con suelo.
A la luz de la presencia de cristo crucificado, compañero y fuente de consuelo, María Cristina vive todos los acontecimientos dolorosos de su vida como una oportunidad de identificación con Él. Las comunidades religiosas están compuestas por personas y, por desgracia, también en ellas se dan, a veces, las hostilidades y las incomprensiones humanas. María Cristina sufrirá desprecios y persecuciones en su comunidad, precisamente fruto de envidias o malentendidos frente a las gracias extraordinarias que de Jesús recibía. No hay en María Cristina lugar para el rencor o, mucho menos, el odio a las hermanas que la contradicen. Comprende todos estos hechos como una oportunidad de pagar con amor el dolor ocasionado y de vivir en clave de confianza cualquier sufrimiento, fruto de la enfermedad o de las pobrezas humanas de las personas con las que convive. Fiel a la llamada de Santa Teresa, María Cristina ve en estos hechos, por lo tanto, una oportunidad de identificarse con Cristo, su esposo, de padecer junto a Él y consolarle en sus dolores terrenos. Vive cada acontecimiento -y en esto se muestra también hija de San Juan de la Cruz- en fe, esperanza y caridad, con la confianza absoluta de quien sabe, en lo profundo de su corazón, que Dios es Misericordia, y que es Señor de la historia personal tanto como de la historia del mundo. Así, con espíritu teresiano, afronta asida a Jesús cualquier circunstancia que se presente, dura o positiva que sea.
Del centro del alma al corazón del mundo
Al final del castillo interior o Libro de las moradas, Santa Teresa de Jesús advierte a quienes quieren ser espirituales que no está la cosa en encerrarse en sí mismos, en capotados y desentendidos de la realidad del mundo, de las necesidades de los que nos rodean. Del encuentro en el centro del alma con el Dios que nos habita, la persona sale proyectada al servicio al prójimo en el corazón del mundo, imitando a Cristo crucificado que se convierte en esclavo de todos (castillo interior, séptima morada).
Un programa de verdadera vida espiritual cristiana y evangélica, por lo tanto, el que propone Teresa de Jesús, el cual va a ser asumido plenamente por la hermana cristina. Ya en su conventito de San Fernando, goza de la presencia de Cristo en cada acto de la vida comunitaria, que no es para ella cruz o penitencia, sino «delicia y refrigerio».
Se siente en su centro, como pez en el agua, pero comprende que no ha de buscarse a ella misma, sino que debe sacrificarse y pedir por el mundo entero, para que todos los hombres amen y conozcan más a dios nuestro Señor, criador y Redentor. Son muchos los testimonios que dan fe de los fenómenos místicos extraordinarios recibidos por la Hermana Cristina. Como buena hija de Santa Teresa sabe que esas manifestaciones son dones que hay que recibir con agradecimiento, pero que no definen la calidad de la vida espiritual de la persona.
Es más, si no hay una verdadera respuesta evangélica, si no nace de ahí un compromiso mayor de caridad y amor fraterno, entonces no sirven para nada, no contribuyen a la santificación (como explica la Santa en las sextas y séptimas moradas del castillo interior). Así, la Hermana María Cristina deseaba solo «amar a dios y a sus hermanos con un amor humilde y fuerte, unida a la cruz del Señor», a través del ejercicio de la caridad cristiana, la escucha y la acogida, el consuelo de los tristes, etc. En nuestra querida Hermana María Cristina, pues como esperamos haber mostrado al lector en estas líneas-, el carisma teresiano toma, una vez más, carne en medio del mundo. Todo un estímulo para quienes formamos parte de la familia fundada por Santa Teresa: monjas, frailes y seglares, todos llamados a concretar el espíritu de la Santa Madre en el mundo que nos toca vivir.
Los textos entre comillas que se refieren a la hermana María Cristina están tomados de la biografía breve -Una vida entregada-, publicada por las Carmelitas descalzas de San Fernando.
FRAY EMILIO JOSÉ MARTÍNEZ GONZÁLEZ
Carmelita descalzo

