Hoy celebramos una de las fiestas más importantes del año litúrgico: la Solemnidad del Corpus Christi, en la que la Iglesia proclama y adora el misterio de la presencia real de Jesucristo en la Eucaristía.
En cada Santa Misa, el pan y el vino se convierten verdaderamente en el Cuerpo y la Sangre del Señor. No se trata de un símbolo, sino de Cristo mismo que se entrega por amor y permanece entre nosotros como alimento para nuestro camino de fe.
La Eucaristía es el gran regalo que Jesús nos dejó en la Última Cena. En ella encontramos fortaleza en las dificultades, consuelo en los momentos de prueba y la gracia necesaria para vivir como auténticos discípulos suyos.
La procesión del Corpus Christi, tan arraigada en nuestras ciudades y pueblos, es una manifestación pública de nuestra fe. Acompañamos al Señor por las calles para proclamar que Él camina con su pueblo y quiere bendecir cada hogar, cada familia y cada rincón de nuestra sociedad.
“Yo soy el pan vivo bajado del cielo; el que coma de este pan vivirá para siempre” (Jn 6, 51).
Que esta solemnidad nos ayude a renovar nuestro amor por Jesús Sacramentado y a descubrir en la Eucaristía la fuente y cumbre de toda la vida cristiana.
¡Alabado sea el Santísimo Sacramento del Altar!
-VOCALÍA DE FORMACIÓN Y LITURGIA-

