EL MOMENTO DEL DÍA Y LA ALEGRÍA DE NUESTRA JORNADA | Orar, callar, sufrir

Hay instantes que no se anuncian, que no reclaman la atención de nadie y, sin embargo, terminan por sostener toda una jornada. Suceden casi en silencio, como si el tiempo, por un momento, decidiera detener su paso para dejar que la vida respire con más hondura.

En mitad del discurrir, cuando todo parecía seguir el ritmo esperado, una mirada se alzó desde lo alto, desde ese lugar donde las casas guardan sus historias más íntimas. Allí, entre la luz que se derramaba hacia la calle, entre las marchas de cornetas y el murmullo que ascendía desde abajo, se dibujaba una presencia que muchos anhelaban volver a encontrar.

No hubo palabras suficientes, ni falta que hicieron. Bastó el gesto, la certeza de unos ojos que regresaban a su sitio, de un latido que volvía a acompasarse con el de su gente. Quienes lo reconocieron entendieron que aquello no era un momento más, sino una respuesta callada a tantos días de incertidumbre.

El aire cambió. Se hizo más denso, más verdadero. Y en ese cruce invisible entre lo que pasa y lo que permanece, quedó suspendida un momento que nadie quiso interrumpir. Porque hay victorias que no necesitan proclamarse, que se manifiestan simplemente estando.

De todo lo vivido hoy, de cada paso, de cada momento, de cada marcha, vivas o petaladas, o de cada encuentro, fue ese instante —discreto, alto y luminoso— el que terminó por decirlo todo sin decir nada. Nuestra mayor alegría. Nuestro recuerdo más hondo. El que, sin duda, permanecerá con más anhelo.

1 / ?