14 DE SEPTIEMBRE | EXALTACIÓN DE LA SANTA CRUZ
Cada 14 de septiembre, la Iglesia celebra la Fiesta de la Exaltación de la Santa Cruz, una jornada que nos invita a contemplar uno de los grandes misterios de nuestra fe: aquello que fue instrumento de sufrimiento y muerte se convirtió, por Jesucristo, en signo de salvación, esperanza y victoria.
Para el cristiano, mirar la Cruz no significa quedarse únicamente ante el dolor del Calvario. Significa descubrir hasta dónde fue capaz de llegar el amor de Dios por nosotros.
¿Por qué celebramos la Exaltación de la Santa Cruz?
Esta festividad hunde sus raíces en los primeros siglos del cristianismo y está vinculada a la veneración de la Cruz de Cristo en Jerusalén y a la dedicación, en el siglo IV, de las basílicas construidas en los Santos Lugares.
Pero, más allá de su origen histórico, la Iglesia ha conservado esta celebración porque la Cruz ocupa un lugar central en la vida cristiana.
San Pablo lo expresa con claridad:
«Nosotros predicamos a Cristo crucificado» (1 Cor 1,23).
La Cruz nos recuerda que Dios no permaneció ajeno al sufrimiento humano. En Jesús, Dios asumió nuestra fragilidad y entregó su vida por amor.
De instrumento de muerte a árbol de vida
En tiempos de Jesús, la cruz era un instrumento de ejecución, humillación y condena. Sin embargo, Cristo transformó completamente su significado.
Desde entonces, para los cristianos la Cruz no representa la derrota, sino la victoria del amor sobre el odio, del perdón sobre el pecado y de la vida sobre la muerte.
Por eso la Iglesia no esconde la Cruz, sino que la levanta y la contempla.
Exaltar la Santa Cruz no significa exaltar el sufrimiento por sí mismo. El cristianismo no busca el dolor. Lo que exaltamos es el amor de Cristo capaz de permanecer fiel incluso en medio del sufrimiento.
«Cuando yo sea elevado sobre la tierra…»
El Evangelio de esta festividad nos lleva a las palabras de Jesús:
«Y cuando yo sea elevado sobre la tierra, atraeré a todos hacia mí» (cf. Jn 12,32).
Cristo elevado en la Cruz abre sus brazos a toda la humanidad.
No pregunta quién merece acercarse. No distingue entre fuertes y débiles. Desde la Cruz ofrece misericordia, perdón y salvación.
Por eso, cuando contemplamos un crucifijo, no estamos solamente ante el recuerdo de algo sucedido hace dos mil años. Estamos ante una declaración permanente de Dios al hombre:
«Tanto amó Dios al mundo, que entregó a su Hijo único» (Jn 3,16).
La Cruz en nuestra propia vida
Todos encontramos cruces en nuestro camino: la enfermedad, la pérdida de una persona querida, los problemas familiares, la soledad, las preocupaciones, las decepciones o aquellas situaciones cuya respuesta no conseguimos encontrar.
Jesús nunca prometió una vida sin dificultades. Nos enseñó algo mucho más profundo: que ninguna cruz vivida junto a Él tiene por qué ser un camino vacío.
La fe no siempre elimina nuestros problemas, pero puede transformar la manera de atravesarlos.
Tomar nuestra cruz no significa resignarnos ante aquello que podemos cambiar, sino confiar en Dios incluso cuando el camino se hace difícil.
Una enseñanza especialmente cercana a nuestra Hermandad
Para quienes vivimos nuestra fe en torno a Nuestro Padre Jesús de la Misericordia, esta festividad adquiere una dimensión especialmente significativa.
Cada Jueves Santo contemplamos a Jesús caminando con la Cruz hacia el Calvario. No contemplamos simplemente a un hombre derrotado por el peso del madero. Contemplamos a Cristo que acepta libremente el camino del amor y de la entrega.
Jesús de la Misericordia nos recuerda que detrás de la Cruz está la Resurrección y que detrás del sufrimiento de Cristo se encuentra la promesa de una vida nueva.
Y junto a Él encontramos también a María Santísima de la Piedad, la Madre que recibe entre sus brazos al Hijo entregado por nosotros. María nos enseña a permanecer junto a la Cruz incluso cuando no comprendemos, confiando siempre en Dios.
La señal que nos identifica
Desde pequeños aprendemos a comenzar nuestras oraciones diciendo:
«En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo».
Quizás por repetirlo tantas veces podemos olvidar su enorme significado.
Cada vez que hacemos la señal de la Cruz estamos proclamando quiénes somos y en quién creemos. Trazamos sobre nuestro propio cuerpo el signo de nuestra salvación.
La Cruz está en nuestros templos, preside nuestros altares, encabeza nuestras procesiones y acompaña muchos de los momentos fundamentales de nuestra vida cristiana.
Pero la verdadera Cruz de Cristo debe estar también presente en nuestra manera de vivir: amando, perdonando, sirviendo, acompañando y siendo misericordiosos con los demás.
«Te adoramos, oh Cristo, y te bendecimos, porque por tu Santa Cruz redimiste al mundo».

