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12 DE SEPTIEMBRE | FESTIVIDAD DEL DULCE NOMBRE DE LA VIRGEN MARÍA

Seis días después de celebrar la Natividad de la Santísima Virgen, la Iglesia conmemora el Dulce Nombre de María, invitándonos a detenernos ante un nombre que, durante siglos, ha sido pronunciado por generaciones de cristianos como expresión de amor, confianza y esperanza.

María.

Un nombre sencillo que para el cristiano habla de una Madre. Un nombre al que acudimos en la alegría y en la dificultad; en la acción de gracias y cuando necesitamos consuelo; cuando encontramos palabras para rezar y también cuando únicamente somos capaces de pronunciar su nombre.

La celebración del Santísimo Nombre de María tiene raíces antiguas y quedó especialmente vinculada en la tradición occidental al siglo XVII. El papa Inocencio XI extendió su celebración a toda la Iglesia después de la victoria cristiana en la batalla de Viena de 1683.

Pero más allá de su historia, esta memoria nos invita a preguntarnos qué significa María en nuestra propia vida de fe.

Pronunciar su nombre nos conduce necesariamente hasta Jesucristo. María nunca se queda con nuestra mirada: como hizo en Caná, nos señala a su Hijo y continúa diciéndonos: «Haced lo que Él os diga» (Jn 2,5).

Para nosotros, además, ese nombre adquiere un acento especialmente cercano cuando lo pronunciamos unido al de nuestra Titular:

María Santísima de la Piedad.

Piedad es el nombre con el que la invocamos, pero María es el nombre de la Madre. La misma que dijo sí en Nazaret, que acompañó a Jesús durante su vida y que permaneció fiel junto a la Cruz.

Por ello, cada vez que pronunciamos su nombre podemos convertirlo en una pequeña oración. No hacen falta grandes palabras. A veces basta simplemente con decir:

María, Madre nuestra, quédate junto a nosotros.

-VOCALÍA DE FORMACIÓN Y LITURGIA”